Los fluorescentes son soportes de iluminación, domésticos o industriales, formados por un tubo de vidrio que contiene fósforo y otros elementos que emiten luz al recibir una radiación ultravioleta de onda corta. El tubo contiene una pequeña cantidad de vapor de mercurio y un gas inerte, habitualmente argón o neón, y una presión ligeramente inferior a la presión atmosférica. Asimismo, en los extremos del tubo existen dos filamentos hechos de tungsteno.
Su gran ventaja frente a otro tipo de lámparas, como las incandescentes, es su eficiencia energética aunque si son encendidos y apagados de manera continuada puede producirse el efecto contrario y reducir su vida útil ya que el encendido y apagado hace que se consuma más energía que el hecho de mantenerlos en funcionamiento durante un largo tiempo.
En el proceso del reciclado de los fluorescentes, estos son reventados y cada una de sus sustancias son separadas (casquillo, vidrio, polvo de mercurio…), limpiadas e introducidas en un nuevo ciclo de vida. El único elemento que no es reciclable es el aislamiento baquelítico que se encuentra en las extremidades de la lámpara.
La eliminación de los tubos y lámparas fluorescentes constituye un problema cada vez más importante debido a que en su interior contienen vapores de mercurio que pueden ser emitidos a la atmósfera tan sólo por la rotura de estos tubos.
Para su recogida se utilizan contenedores especiales que evitan que se rompan y pierdan su contenido en mercurio y estén en mejores condiciones para su reciclado. Al ser considerados residuo de substancia peligrosa la normativa obliga a que únicamente los proveedores autorizados puedan manipularlos.
En España se reciclan anualmente más de 1.500 toneladas de residuos procedentes de los sistemas de iluminación instalados en hogares, oficinas, zonas industriales y vías públicas.